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Manuel Outumuro: La foto se hace lienzo
Obras de Velázquez, Goya, Picasso y Leonardo da Vinci inspiran al fotógrafo español para retratar a actores de teatro y ganadores de los recientes premios Goya
Fuente:
miércoles, 07 de marzo del 2012
Leonardo. La actriz y cantante Leonor Watling es la famosa ‘La Dama del Armiño’.
MADRID.- Si vas a entrar en una exposición de fotografías, mira hacia el otro lado y verás a Manuel Outumuro. Ese lugar, el otro lado, es un mundo en el que nada es lo que parece y, sobre todo, un mundo en el que nadie parece lo que es, porque este inventor de realidades paralelas es capaz de casi todo, desde convertir a un grupo de artistas en otros hasta lograr que dejen de ser personas para ser pinturas. Y hacer esto último de forma que no sea un simple disfraz, sino un cambio de elemento.
Si hace unos años, y por encargo del Festival de Cine de San Sebastián y de la revista Marie Claire, Outumuro ya transfiguró a una serie de actores y actrices españoles en diferentes leyendas del cine, en dos exposiciones tituladas “Remake” y “Remake II”, donde Aitana Sánchez-Gijón era Isabella Rossellini en “Terciopelo Azul”, Carme Elías era Bette Davis en “Eva al Desnudo”, Eduardo Noriega era Alain Delon en “El Gatopardo”, Najwa Nimri era Uma Thurman en “Pulp Fiction” o Belén Rueda era mitad Fay Wray y mitad Jessica Lange en “King Kong”, ahora, una mezcla de recientes ganadores de un Premio Goya como María León y Jan Cornet, jóvenes clásicos como Juan Diego Botto y Leonor Watling, o damas del teatro como Blanca Portillo han posado para él simulando ser obras de Leonardo da Vinci, El Greco, Durero o Picasso, con unos resultados admirables.
Y, de nuevo, porque su cámara ha logrado darle la vuelta a todo: esto no son fotografías que tratan de parecer cuadros, como suele ser más habitual, sino cuadros que quieren ser fotografías, porque al contemplarlos uno casi ve más, por ejemplo, a “La Condesa de Chinchón” posando para Outumuro que a la joven María León caracterizada como esa mujer; María Teresa de Borbón y Vallabriga, que Goya hizo inmortal en la misma época en que realizó “La Familia de Carlos IV”, las dos Majas, la vestida y la desnuda, los óleos de Godoy y Jovellanos, todos ellos en el Museo del Prado, o “La Duquesa de Alba con Vestido Blanco”, que está en el palacio de Liria. El duplicado de esa dulce y tímida aristócrata embarazada en el año 1800 que logra hacer hoy la protagonista de “La Voz Dormida” es una falsificación magistral.
También son dignas de atención especial las obras de Alberto Durero y Antonio Moro que Outumuro ha recreado en esta ocasión, el autorretrato del maestro renacentista que cuelga en el Museo del Prado, y que encarna Jan Cornet, recién galardonado por su papel en “La Piel que Habito”, de Pedro Almodóvar, y el famoso retrato de María Tudor, para el que ha posado Blanca Portillo. Ambos están ambientados con todo detalle, vestidos exacto a los originales, lo mismo que las joyas que lleva la segunda esposa de Felipe II en los dedos de la mano izquierda, el clavel rojo que tiene en la mano derecha y la silla en la que se sienta e, incluso, la leyenda que escribió Durero bajo el marco de la ventana que hay al fondo, “1498. Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años”.
Pero todo eso es lo de menos, porquelo que buscó reproducir aquí el fotógrafo es la mirada de los modelos, esa intensidad con la que observa a sus espectadores casi toda obra maestra y que en estos lienzos es legendaria.
El nombre de Manuel Outumuro se escribe con mayúsculas en el ámbito de la moda, donde ha conseguido imágenes perdurables, entre otras muchas, de Penélope Cruz, Elsa Pataky, Elena Anaya, Inés Sastre, Judit Mascó, Nieves Álvarez, Verónica Blume o Laura Ponte. Pero él no parece querer conformarse con dominar los resortes de ese mundo donde se tiende a idealizar a los modelos, a presentarlos como mujeres y hombres arquetípicos, seres ideales y sin defectos, y tal vez por eso ahora busca una vez más cambiar de lado al indagar en la pintura, donde se tiende más a captar la psicología del que posa que su simple figura.
Cómo se hizo...
Outumuro exprimió los recursos que proporciona lo digital. Pero todos los fondos se pintaron expresamente. Existen. Durante tres días se elaboraron tablas gigantes para que el ensamblaje de personajes y entorno fuera más realista. María Araujo (ganadora de un Premio Max por su trabajo en teatro) fue la encargada de elaborar trajes originales. Hay momentos donde la exactitud no es posible y Leonor Watling no porta un armiño, sino un hurón.
Si hace unos años, y por encargo del Festival de Cine de San Sebastián y de la revista Marie Claire, Outumuro ya transfiguró a una serie de actores y actrices españoles en diferentes leyendas del cine, en dos exposiciones tituladas “Remake” y “Remake II”, donde Aitana Sánchez-Gijón era Isabella Rossellini en “Terciopelo Azul”, Carme Elías era Bette Davis en “Eva al Desnudo”, Eduardo Noriega era Alain Delon en “El Gatopardo”, Najwa Nimri era Uma Thurman en “Pulp Fiction” o Belén Rueda era mitad Fay Wray y mitad Jessica Lange en “King Kong”, ahora, una mezcla de recientes ganadores de un Premio Goya como María León y Jan Cornet, jóvenes clásicos como Juan Diego Botto y Leonor Watling, o damas del teatro como Blanca Portillo han posado para él simulando ser obras de Leonardo da Vinci, El Greco, Durero o Picasso, con unos resultados admirables.
Y, de nuevo, porque su cámara ha logrado darle la vuelta a todo: esto no son fotografías que tratan de parecer cuadros, como suele ser más habitual, sino cuadros que quieren ser fotografías, porque al contemplarlos uno casi ve más, por ejemplo, a “La Condesa de Chinchón” posando para Outumuro que a la joven María León caracterizada como esa mujer; María Teresa de Borbón y Vallabriga, que Goya hizo inmortal en la misma época en que realizó “La Familia de Carlos IV”, las dos Majas, la vestida y la desnuda, los óleos de Godoy y Jovellanos, todos ellos en el Museo del Prado, o “La Duquesa de Alba con Vestido Blanco”, que está en el palacio de Liria. El duplicado de esa dulce y tímida aristócrata embarazada en el año 1800 que logra hacer hoy la protagonista de “La Voz Dormida” es una falsificación magistral.
También son dignas de atención especial las obras de Alberto Durero y Antonio Moro que Outumuro ha recreado en esta ocasión, el autorretrato del maestro renacentista que cuelga en el Museo del Prado, y que encarna Jan Cornet, recién galardonado por su papel en “La Piel que Habito”, de Pedro Almodóvar, y el famoso retrato de María Tudor, para el que ha posado Blanca Portillo. Ambos están ambientados con todo detalle, vestidos exacto a los originales, lo mismo que las joyas que lleva la segunda esposa de Felipe II en los dedos de la mano izquierda, el clavel rojo que tiene en la mano derecha y la silla en la que se sienta e, incluso, la leyenda que escribió Durero bajo el marco de la ventana que hay al fondo, “1498. Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años”.
Pero todo eso es lo de menos, porquelo que buscó reproducir aquí el fotógrafo es la mirada de los modelos, esa intensidad con la que observa a sus espectadores casi toda obra maestra y que en estos lienzos es legendaria.
El nombre de Manuel Outumuro se escribe con mayúsculas en el ámbito de la moda, donde ha conseguido imágenes perdurables, entre otras muchas, de Penélope Cruz, Elsa Pataky, Elena Anaya, Inés Sastre, Judit Mascó, Nieves Álvarez, Verónica Blume o Laura Ponte. Pero él no parece querer conformarse con dominar los resortes de ese mundo donde se tiende a idealizar a los modelos, a presentarlos como mujeres y hombres arquetípicos, seres ideales y sin defectos, y tal vez por eso ahora busca una vez más cambiar de lado al indagar en la pintura, donde se tiende más a captar la psicología del que posa que su simple figura.
Cómo se hizo...
Outumuro exprimió los recursos que proporciona lo digital. Pero todos los fondos se pintaron expresamente. Existen. Durante tres días se elaboraron tablas gigantes para que el ensamblaje de personajes y entorno fuera más realista. María Araujo (ganadora de un Premio Max por su trabajo en teatro) fue la encargada de elaborar trajes originales. Hay momentos donde la exactitud no es posible y Leonor Watling no porta un armiño, sino un hurón.
