OPINIÓN

La broma metafísica

domingo, 25 de marzo del 2012

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.
Alejandra Pizarnik

“Este mundo es exageradamente bello”, dice Yves Michaud en su libro “El Arte en Estado Gaseoso”. Ya en otras ocasiones me he valido de las ideas de este esteta francés que, con una ironía casi proustiana, se ocupa de “la función” que el arte desempeña en esta época del desencanto.

¿Estamos de acuerdo? ¿Es este mundo —de verdad— exageradamente bello? Si lo imagino sin el hombre... sí, el mundo es bello, muy bello. ¿La presencia del hombre lo ha hecho menos bello? Qué tremenda pregunta. Digamos que no me refiero al hombre mismo, no a su estancia aquí, sino al producto de su infeccioso trajinar por el planeta.

“El mundo está bien / hecho”, escribió en su “Beato sillón” Jorge Guillén, el poeta español autor de “Cántico”, de “Clamor” y de otras obras que constituyen su “Aire Nuestro”.

Muchos inconformes con este verso encabalgado en la celebración —y escrito en un momento en que la violencia había derramado sangre civil española— obligaron al optimista cosmogónico a “corregir” su línea. Después escribiría: “El mundo de los hombres está mal hecho”. No tenía por qué precisarlo: es evidente. Lo es ahora más que nunca. Todos sabemos que el orbe que hemos venido construyendo nunca ha estado a la altura del homo sapiens.

El mundo está bien hecho y es exageradamente bello. ¿Creo en esto? ¿Creo en esto después de haber vivido una vida que, como la de tantos, parece una broma metafísica? Mientras leemos los titulares de los periódicos, escuchamos los programas noticiosos, contemplamos atónitos o sufrimos las circunstancias, ¿creemos en la buena factura del mundo y en su exagerada belleza? Hablo del mundo solamente, del mundo-en-sí, no de aquello que el arte y la ciencia y la tecnología han añadido en él. Pero ¿cómo hablar de ese mundo prescindiendo del testimonio y del hacer humanos?

Después de un recorrido sucinto por muchos de los sistemas que filósofos e intelectuales han elaborado a lo largo de la historia, el “germanizado” pensador español Heleno Saña concluye: “Ya casi nadie pone en duda que el mundo es cada vez más feo, más estéril, más estandarizado y más desprovisto de sentido profundo...” ¿Pesimismo? No más oscuro que el de Pascal, Kierkegaard o Schopenhauer. Más bien, calificaría a esta conclusión de “objetiva”, sobre todo cuando el autor llega a ella después de un resumen de los rasgos eminentemente lucrativos e idologizados que distinguen a las sociedades actuales.

“Podemos decir incluso —dice Edgar Morin en “¿Hacia Dónde Va El Mundo?”— que las nuevas formas de barbarie, surgidas de nuestra civilización, lejos de reducir las formas antiguas de barbarie, las han despertado y se han asociado a ellas...”

¿Quién puede ver con mirada inocente la realidad palmaria a la que alude esta aseveración? Ni siquiera es necesario ser un intelectual para darse cuenta de que la presencia del hombre ha ofuscado la belleza del mundo. El hombre: más que en ninguna otra época, objeto y víctima de una concepción mercadotécnica de la vida. Concepción ésta impuesta por una élite, siempre una élite. Mientras nuestro hermoso mundo se desmorona, esa élite sostiene en sus garras los destinos de la virtual belleza planetaria.

Desde Nietzsche, desde Heidegger, desde el Holocausto vemos al mundo con una mirada tenebrosa. La década de los 60 del siglo pasado soñó con un orbe de paz, de amor y de florestas: exhalación postrera quizá de un romanticismo auténtico. Dylan cantaba “La respuesta está en el aire”: “Yes, 'n' how many years can some people exist / before they're allowed to be free?” Donovan celebraba la llegada de un hombre mágico que entona canciones balsámicas: “Then when the Hurdy Gurdy Man / came singing songs of love. / Hurdy gurdy, hurdy gurdy, hurdy gurdy, gurdy he sang.” Todo esto fue a estrellarse contra un verso conclusivo y estremecedor de Lennon: “El sueño se acabó”.

Somos la resaca de ese sueño. El idealismo se convirtió en doctrinas de autoayuda, en sectas de “sanación” y en frases mesiánicas que muestran el albo camino de una hipotética “superación personal”. El verso de Lennon no era el epitafio de un grupo musical extraordinario o de una generación; era la sentencia de clausura de algo que la humanidad venía queriendo creerse desde la última posguerra. Por primera vez, esa verdad que surgía de una esfera del arte fue la voz de las multitudes: los massmedia habían crecido lo suficiente como para que aquéllas se reconocieran en una certeza que era la suya. Después de todo, ya Benjamin, Celan, Mandelstam, Ajmátova y otros seres definitivos habían visto el derrumbe del sueño en sí mismos y en torno suyo.

“Todos los pensamientos del cambio —dice Baudrillard en ‘El Crimen Perfecto’—, las utopías revolucionarias, nihilistas, futuristas, toda esta poética de la subversión y de la transgresión características de la modernidad, resultarán ingenuas ante la inestabilidad, la reversibilidad natural del mundo...” Inestabilidad y reversibilidad del mismo mundo que a Michaud parece “exageradamente bello”; este mundo cuya belleza es cotidianamente mancillada por la inequidad, la indignidad, la usura y esa “mierda abstracta” —Octavio Paz dixit— que es el dinero.